México ya tiene plan para romper la maldición del Mundial
México está a un año de disputar el Mundial más importante de su historia reciente. Con Javier Aguirre al mando, el objetivo es tan claro como ambicioso: romper la barrera de los octavos de final y alcanzar los cuartos por primera vez desde 1986.
La ventaja para el Tri es evidente. México jugará como local y tendrá el respaldo de una afición que espera convertir el Estadio Azteca en una fortaleza. De hecho, el equipo podría mantenerse en territorio mexicano hasta unos hipotéticos octavos de final, donde incluso podría cruzarse con Inglaterra.
Pero más allá del factor local, hay una razón por la que los analistas empiezan a confiar en esta selección: el crecimiento táctico que ha mostrado bajo la dirección del “Vasco” Aguirre.
Un México que quiere controlar los partidos
A diferencia de otras etapas, el Tri busca salir jugando desde el fondo y evitar los pelotazos largos.
La construcción comienza con una línea de tres improvisada. Jorge Sánchez suele quedarse más retrasado junto a César Montes y Johan Vásquez, mientras Jesús Gallardo gana altura por la izquierda para darle amplitud al equipo.
En ataque, Roberto “Piojo” Alvarado baja constantemente a recibir para facilitar la circulación de balón y generar superioridades en la salida.
El resultado es un equipo más ordenado, paciente y capaz de progresar con posesiones largas.
La fortaleza está en el orden defensivo
Sin balón, México se transforma en un bloque muy compacto.
Aguirre no es un técnico obsesionado con la presión alta. Prefiere esperar el momento adecuado para recuperar.
El esquema suele convertirse en un 4-5-1 e incluso en un 5-4-1 cuando los extremos ayudan en tareas defensivas. Esto permite proteger mejor el área y reducir espacios para los rivales.
Los cinco jugadores que explican este México
Raúl Jiménez, el hombre que hace funcionar el sistema
Más que un delantero, es una pieza táctica fundamental.
Baja constantemente al mediocampo, ayuda a conectar líneas y genera espacios para las llegadas de los mediocampistas y extremos.
Erik Lira, el nuevo equilibrio
El mediocampista de Cruz Azul se ha convertido en una de las piezas más importantes de la selección.
Su capacidad para distribuir, recuperar balones y sostener la estructura del equipo lo ha llevado a ganarse la confianza del cuerpo técnico.
Álvaro Fidalgo, la creatividad que faltaba
El naturalizado español aporta visión, movilidad y capacidad para encontrar espacios entre líneas.
Muchos analistas consideran que puede convertirse en uno de los jugadores más importantes del Mundial para México.
Julián Quiñones, el motor de la presión
Su intensidad física y agresividad para recuperar balones lo convierten en uno de los futbolistas más incómodos para cualquier rival.
Jesús Gallardo, dueño de la banda izquierda
Es una de las principales armas ofensivas del equipo gracias a sus incorporaciones constantes y precisión en los centros.
El posible once para el Mundial
Luis Ángel Malagón o Raúl Rangel en la portería.
Defensa con Jorge Sánchez, César Montes, Johan Vásquez y Jesús Gallardo.
Mediocampo para Erik Lira, Álvaro Fidalgo y Brian Gutiérrez.
Ataque con Roberto Alvarado, Julián Quiñones y Raúl Jiménez.
Las sorpresas del proyecto
Todo apunta a que Hirving Lozano y Diego Lainez no estarán entre los protagonistas del Mundial.
Santiago Giménez podría iniciar como suplente debido a que Aguirre utiliza un sistema con un solo delantero.
Por otro lado, Alexis Vega y la joven promesa Gilberto Mora aparecen como futbolistas que podrían ganar protagonismo en los próximos meses.
¿Puede México hacer historia?
Las dudas siguen existiendo entre la afición, pero los resultados recientes han sido alentadores.
México ha competido de igual a igual frente a selecciones europeas de primer nivel y muestra una estructura táctica mucho más sólida que en procesos anteriores.
La gran pregunta es si este crecimiento será suficiente para romper una barrera que lleva 40 años persiguiendo.
El Mundial 2026 representa una oportunidad única. México jugará en casa, tendrá experiencia en el banquillo y una generación que parece haber encontrado una identidad clara.
La misión es sencilla de explicar, pero extremadamente difícil de conseguir: llegar donde ninguna selección mexicana ha llegado desde 1986.